Farmacia del INSSSEP: La odisea de conseguir remedios

Seis y media de la mañana. Comienza a armarse la cola, a veces con distanciamiento social, a veces no. A las ocho sale alguien con los numeritos. Ya son muchos más… más de los que pueden albergar las pocas sillas que se disponen en la vereda. Todos de riesgo. De altísimo riesgo. Gente de 60 o 70 años en promedio. El distanciamiento social empieza a volverse un elemento del mejor romanticismo. La realidad marca otra cosa.

Entran. Piden. Y a veces (más de las aconsejadas) la respuesta es «ese remedio no lo tenemos». Y aparecen escenas propias de la desesperación: «Hay una mujer puteando acá porque es la tercera vez que viene y no tiene el remedio oncológico que sale más de 500.000 pesos y no lo puede comprar». Y comienza a darse uno cuenta que la vida empieza a volverse lucha y no contra el cáncer tan odiado, sino contra el mismo sistema.

Mediodía. Algunos siguen esperando. Mascando impotencia. Y a veces para irse después de horas y horas de espera, tan igual que como vinieron, a contar la anécdota triste en casa de que el ser querido que sufre diabetes, el abuelo que apenas avanza con el soporte del bastón, o aquel que desde una silla de ruedas o una cama, espera alguna que otra esperanza aún mínima, deberá seguir aumentando la temperatura de la silla, de la paciencia y por qué no del índice de la bronca.

Ninguno de ellos entiende de curvas, estadísticas, inversas y demás chiches que exhiben los gobernantes en las conferencias de prensa.

Ninguno maneja (y quizás les importe muy poco) la didáctica de las filminas que grafican a todo color la realidad que ellos deben padecer para conseguir esa milagrosa y cada vez más lejana cajita de remedios, con ese alivio que a veces (más de las aconsejadas) no llega.

El lugar no es privado ni está ubicado en lugares lejanos. Está bien cerquita. Cangallo y 25 de Mayo. Es la farmacia del INSSSEP.

Y en tiempos de Coronavirus donde «se está haciendo todo lo posible para amar al prójimo…», «donde se busca cuidarnos», donde los ministros parecen superhéroes y salvadores de la Patria por hacer lo que deben en un simulacro (está por verse la calidad de su valentía en la realidad cuando ésta golpee un poco más fuerte de lo que ya lo está haciendo).

Ver enfermos de cáncer, y personas en situación de extrema indignidad expuestos absolutamente al rayo del sol o a la misma intemperie, provoca en quien observa una desazón y una impotencia tan grande, como larga es la espera de horas y horas diariamente de la pobre gente en la puerta, casi mendigando el fruto del aporte del trabajo de años y años.

Apagón analógico, agenda digital, trámites virtuales, computadoras para organizar desde turnos médicos hasta para ir a la escuela desde lejos… pero en la Farmacia de la Obra Social parece no ayudar tanta tecnología para suplir la peor de las falencias: la escasez de recursos destinados a lo más importante que es el remedio para las enfermedades más difíciles.

¿O quizás sea la indiferencia de una autoridad que se «insensibiliza» del dolor ajeno? Confiamos que no es éste el caso; de serlo sería particularmente grave.

Es de desear que los recursos del Estado, tan mal gastados, sin criterio y hasta a espaldas de quienes aportan con sus impuestos y cargas laborales cada día, vuelvan en servicio y no en excusas, sean reales y no simulados, efectivos y no discurseados, para que la Doña o el Señor que calentó inútilmente las sillas de la esquina de la Farmacia se vuelvan a sus casas con respuestas y no con el reloj implacable del adiós haciendo un tic tac más fuerte…

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